
MEMORIA SÍSMICA: A más de seis décadas del cataclismo, el archipiélago recuerda el día en que la geografía y la vida isleña cambiaron para siempre
Cada 22 de mayo, las campanas invisibles de la memoria vuelven a resonar en Chiloé. El reloj parece detenerse a las 15:11 horas, el instante exacto en que el megaterremoto de 1960 —el más potente registrado en la historia de la humanidad con una magnitud de 9.5 grados en la escala de Richter— fracturó el suelo, desató un devastador maremoto y reescribió de manera definitiva la identidad, la geografía y el destino del archipiélago.
El día en que el mar se llevó el pasado
El impacto en Chiloé se dividió en dos tragedias simétricas pero distintas. En el norte, la bahía de Ancud presenció cómo el océano se retiraba de forma inédita antes de regresar convertido en una sucesión de olas gigantescas. El emblemático Barrio La Arena, un sector humilde habitado por familias de pescadores, fue borrado por completo del mapa. La fuerza de las aguas arrasó viviendas, muelles y locales comerciales, mientras que en el centro de la ciudad, la histórica catedral quedó tan dañada que sus torres debieron ser dinamitadas en los días posteriores.
Para empeorar la tragedia, el maremoto sorprendió a cientos de pescadores y buzos que se encontraban en plena faena de extracción de ostras en los canales, perdiéndose decenas de vidas y embarcaciones que formaban el motor económico de la zona.
El relato del historiador Felipe Montiel Vera
En Castro, se recuerda el terremoto como un evento sísmico que cambió la vida de sus habitantes. De tal modo, que la prestigiosa revista Vea, señaló que Ancud había dejado de asistir y que en Castro nada quedó en pie. Hoy, a 66 años del terremoto de 1960, me hago la siguiente pregunta ¿estamos preparados para un evento sísmico de la magnitud del terremoto de 1960?
Es nuestro deber no olvidar una historia que dio ejemplos de valentía, esfuerzo y sacrificio. Recuerdo la ciudad prácticamente destruida y en gran parte quemada por los incendios, las obras portuarias inundadas y las casas de calle Blanco, con sus paredes en el suelo, donde la ciudad parecía un lugar de guerra.
La magnitud del evento sísmico en la ciudad de Castro, se puede leer en el siguiente documento histórico, correspondiente al libro de novedades de la 2° Compañía de Bomberos de Castro, “Bomba Chiloé-España” La Nota del Libro de Novedades, del folio 109-111, registro Nº 72, es elocuente y dramática, escalofriante por su realismo y testimonio:
CASTRO, mayo 22 de 1960.
Hoy, siendo las tres cinco de la tarde de un día de sol, se produjo un inesperado terremoto nunca antes sentido en el país, ni aún en el mundo entero según opinión de los sismólogos, siendo del grado diez a once de la escala internacional, con caracteres de cataclismo, produciendo un pánico aterrador en la población, por la fuerza de su movimiento al extremo de inclinar las casas hasta casi juntarse, como por la intensidad y duración de él, que fue de seis minutos de indescriptible asombro. Nadie se sostenía en pie y los gritos de dolor pidiendo misericordia se confundían entre las personas, aún sin conocerse.
Cuando aún no se reponían los habitantes y sin constatar los estragos producidos por el terrible sismo, se dio la voz de alarma de incendio en la calle Thompson, producido por el volcamiento de una cocina quince minutos después del movimiento sísmico, siendo la casa del Sr. Juez Letrado, don Domingo Yurac, el sitio donde empezó el fuego.
Nuestra Compañía, aunque dispersa concurrió en un setenta por ciento de sus voluntarios, con el material de grifos, solamente por estar la Auto-Bomba en malas condiciones según consta en la Comandancia.
Se conectaron con presteza las mangueras, pero tuvimos la sorpresa que no había agua en los grifos debido a la rotura de las cañerías de abastecimiento. Hubimos de batirnos con baldes trabajando en forma titánica por atajar el fuego, lo que pudo conseguirse después de cuatro o cinco horas de incansable labor; no obstante pese a nuestro titánico esfuerzo se quemaron las casas de las siguientes personas: Sres.: Marcos Perales, ocupada por don Domingo Yurac, Eulogio Oyarzún, Sixto Cárcamo, Alberto Paredes, Liborio Barrientos, sucesión Ramón Uribe, Manuel García, César García, Mansilla, René Ruíz, Vitalia Canobra, parte sucesión Riffart, total 12 casas.
Se deja constancia que en el ánimo de atajar la propagación del fuego, el capitán infrascrito ordenó después de lanzar la única granada de mano existente, sin resultado, dinamitar la propiedad Uribe, lográndose ahí atajar el fuego, gracias a la muralla de la sucursal Elorrieta. Todo este trabajo ha durado hasta cerca de la medianoche, ordenándose a los voluntarios hacer guardia obligada para constatar la magnitud de la desgracia.
Poco a poco nos fuimos percatando de la verdadera hecatombe que había asolado a Castro; todas las casas de cemento de la calle Blanco y otras como avenida Pedro Montt, Lillo, San Martín, se encontraban en el suelo; era algo desolador e inenarrable, pese a la oscuridad existente la gente toda se congregaba en la Plaza Prat, donde se veían las caras acongojadas dispuestas y resignadas a todo, porque seguía temblando en menor grado, provocando desesperación en las familias que prendían velas y oraban públicamente dentro de un ambiente de total hermandad. Como si esto no fuera poco, a las 3 de la madrugada se produjo un nuevo incendio en la calle Irarrázabal en la propiedad ocupada por el comerciante don Luis Barría Gutiérrez. Si titánico fue el primer incendio por la falta de elementos, éste fue agotador, pues apenas se contaba con un insignificante e insuficiente chorro de agua, del grifo de calle Blanco.
Todo fue inútil, gracias a la construcción de cemento se quemaron solo las siguientes casas de la mencionada calle Blanco, sucesión Tulio Alvarado, Domingo Miserda, Ramón Oyarzún, Augusto Van der Stell, sucesión Neftalí Gómez, Manuel Sánchez, Luciano Pérez, Pedro Paredes, Galvarino García, Francisco Díaz, quedando sólo la armazón de cemento destruyendo todo lo que era madera, vale decir el interior.
Todo el mundo amaneció sin nadie poder dormir. La Compañía instaló un puesto permanente en una esquina de la Plaza con todo el personal de guardia y turnándose en los recorridos. La amanecida fue un cuadro dantesco, todo destruido y quemado, especialmente las obras portuarias hundidas; las gentes se abrazaban llorando, y nosotros hacíamos el papel de cuidadores con nuestro material, aunque deteriorado pero extendido en precaución. Ante tan tremenda desgracia se ordenó al Cuerpo de Bomberos la guardia permanente del voluntariado recorriendo la ciudad por turnos.
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Una geografía hundida: El «Nuevo» Archipiélago
La transformación más profunda y permanente de Chiloé no la causó el agua que se fue, sino la tierra que se hundió. El cataclismo provocó un fenómeno de subsidencia tectónica (hundimiento del terreno) que hizo descender el nivel de las islas entre 1 y 3 metros respecto al nivel del mar.
Este cambio topográfico alteró la vida cotidiana de forma permanente:
- Pueblos flotantes y palafitos: En comunas del sur como Quellón, el mar subió y nunca volvió a bajar. Cientos de habitantes tuvieron que aprender a vivir en un entorno semisumergido. Los relatos locales recuerdan cómo las familias debieron mudarse permanentemente al segundo piso de sus hogares, levantando las estructuras de madera «esquina por esquina» con gatas hidráulicas para evitar que las mareas inundaran sus vidas dos veces al día. Este fenómeno reconfiguró la arquitectura costera de la isla.
- Humedales y bosques muertos: Grandes extensiones de campos agrícolas y pastizales fértiles se transformaron de la noche a la mañana en marismas y humedales salados. Los árboles costeros murieron al invadirse sus raíces con agua de mar, dando paso a los característicos «bosques fantasmas» o coihues secos que aún hoy decoran los paisajes de Chiloé como testigos mudos del desastre.
Del aislamiento a la resiliencia
Antes de 1960, el archipiélago dependía casi exclusivamente de la navegación y de una precaria conectividad para abastecerse. La destrucción absoluta de los puertos y las vías de comunicación obligó a una refundación de los sistemas de emergencia.
Hoy, no solo conmemoramos sino que celebramos la enorme capacidad de resiliencia y el espíritu comunitario (la tradicional minga chilota) que permitió levantar los pueblos chilotes desde los cerros hacia donde la población tuvo que migrar.
A sesenta y seis años del megaterremoto, Chiloé ya no es el mismo de antes de esa tarde de domingo de 1960. Su relieve es más bajo, sus aguas más adentro y sus costas distintas; pero la memoria de su gente sigue siendo el pilar más sólido para enfrentar el futuro sísmico del sur de Chile.
Para profundizar en la ciencia detrás de este evento y observar cartográficamente cómo se deformó el relieve del sur de Chile, puede ver en YouTube la explicación sobre los “Cambios Topográficos del Terremoto de 1960”, de Sergio Barrientos, Director del Centro Sismológico Nacional de la Universidad de Chile, un registro audiovisual donde se analiza en detalle el hundimiento y levantamiento de las placas en el territorio insular.




